7 jun 2013

El Teatro de la Crueldad


Primer Manifiesto (1932)
  Cuando Antonin Artaud llegó a París (1920), tenía 24 años y una larga experiencia como interno en instituciones psiquiátricas. No en vano considerado el más grande de los malditos del siglo XX -Baudelaire, Rimbaud y Verlaine escriben en el XIX- el desequilibrio de este poeta dramático es anterior a sus primeras publicaciones. Cabe por tanto suponer que la inspiración de sus teorías sobre la escena -herederas de las propuestas de Alfred Jarry y recogidas con posterioridad por Jean Genet- están horadadas de una u otra manera por el desequilibrio. Sólo desde la alienación, desde la lucidez de la alienación, claro está, puede alumbrarse la revolución que Artaud concibió para el teatro.

  Nacido en Marsella el 4 de septiembre de 1896, fue su padre un armador de la ciudad casado con una mujer de ascendencia griega. Estudiante aún en el colegio del Sagrado Corazón, el joven Antonin sufrió sus primeros delirios con tan solo 16 primaveras, por aquellos mismos días acababa de descubrir la poesía. Tras permanecer 6 años recluido, la mejoría que experimenta en 1918 le permite volver a la calle. Reúne sus primeros versos bajo el título de 'Trictac del ciel' (1924). A raíz de la publicación entra en contacto con André Breton, quien acaba de hacer público a su vez el primer manifiesto surrealista.
Adalid del surrealismo

  Ni que decir tiene que Artaud, a quien sus desarreglos han llevado a esa zona del espíritu a la que apunta Breton, "donde la vida y la muerte, lo real y lo imaginario, el pasado y el futuro, lo de arriba y lo de abajo, dejan de percibirse contradictoriamente", se convierte en uno de los adalides de la Revolución Surrealista. Sin embargo, su ruptura con el grupo (1928) será sonada y no tardará en producirse. Surrealista aún, ha publicado un volumen de prosas -'El pesanervios' (1925)- y, ya comenzándose a distanciar, ha fundado el Teatro Alfred Jarry.

  El absoluto fracaso de sus primeros montajes, le lleva a refugiarse en la teoría. Postula por cierto "teatro de la crueldad". En líneas generales, éste puede definirse como aquél que apuesta por impacto violento en el espectador. Para ello, las acciones, casi siempre violentas, se anteponen a las palabras, liberando así el subconsciente en contra de la razón y la lógica. Tal vez fueran sus concepciones del teatro las que llevaron a Artaud a buscar trabajo como actor de cine. Así será el Marat de "Napoleón", que Abel Gance rueda en 1926; el hermano Krassien de "La pasión de Juana de Arco", dirigida por Carl Th. Dreyer en 1928, y el Savonarola de "Lucrecia Borgia" (1935), donde vuelve a colaborar con Gance. Su actividad cinematográfica, que también le lleva a escribir guiones, no le impide seguir elaborando sus teorías teatrales. De esta manera, en alternancia a la publicación de sus novelas -'Le Moine' (1931), 'Heliogábalo' (1934)- da a la estampa el 'Manifeste du Théâtre de la Cruanté' (1932) y otros ensayos sobre la misma materia: el reciente descubrimiento del teatro balinés, ha marcado profundamente sus concepciones de la escena.
Viaje a México

  Pero el público sigue sin concederle su favor. Tras el nuevo fracaso que supone el estreno de 'Los Cenci' en 1935, drama basado en el relato de Stendhal, Artaud abandona definitivamente el medio. Abominando de la cultura occidental, parte a México, donde vivirá durante varios meses con los indios tarahumaras, habitantes de la Sierra Madre y consumidores habituales de peyote y demás hongos alucinógenos. A buen seguro que la experiencia con estas sustancias, a las que sin duda se entregó en su etapa mexicana, fue a potenciar su desequilibrios mentales.
  De nuevo en Europa (1937), otra vez con la razón minada, publica 'Los tarahumaras' y viaja a Irlanda. En Dublín vivirá en la más absoluta pobreza, pero será durante la travesía de regreso a Francia cuando sus delirios vuelven a llevarle al manicomio apenas toca tierra. En esta ocasión permanecerá diez años recluido. Cuando regresa a París, en 1947, es reconocido como el padre de la nueva escena. Una recopilación de sus ensayos aparecida en 1938 con el título de 'El teatro y su doble' ha hecho que el antiguo alucinado ahora sea un genio. Convertido ya en el gran visionario del teatro contemporáneo, publica 'Lettres de Rodez' (1946) y 'Van Gogh, le Suicidé de la Société' (1947). Su obra más conocida, 'Para acabar con el juicio de Dios' (1948), es póstuma: Antonin Artaud muere el 4 de marzo de ese mismo año, unos meses antes de su llegada a las librerías.

  Artaud (1896-1948): árbol incandescente en un territorio yermo. Actor en Juana de Arco de Dreyer; hebra inspirada dentro del surrealismo, que lo expulsa al poco tiempo por negarse al compromiso político partidario. Primera expulsión, existencia en la soledad y una frontera, que luego cobrará la forma de los largos períodos de internación psiquiátrica que Artaud padecerá. En 1933, concibe el primer manifiesto del Teatro de la Crueldad. Su intención es verter un fuego arcaico sobre la escena teatral. Le reprocha al teatro clásico el exceso de preocupación por los conflictos humanos, la separación entre público y escenario, y el predominio del texto sobre el cuerpo y su gestualidad. El teatro debe ser altar vibratorio donde el hombre se reúna con fuerzas cósmicas divinas; el teatro debe convertir al espacio en cuarzo mágico donde la percepción humana se acalore en una luz trascendente. De ahí la valoración de Artaud del teatro oriental, balinés, donde el cuerpo expresa, a través del gesto y el color, el encuentro entre lo humano y un mundo mítico y divino, universal y ancestral. La pasión de Artaud por un arte sensitivo fogonea su célebre viaje al país de los tarahumaras, pueblo indígena de México, en 1936. Su deseo es convivir con seres que aún perciban el universo como fucilazo sagrado. Además de la relación entre el Teatro de la Crueldad y el Oriente, Artaud atisba una profunda afinidad entre el teatro auténtico (teatro arquetípico en su denominación) y la alquimia. Desde este momento de Temakel, es nuestro próposito alentar un encuentro con Artaud, la lectura sensible de su mundo creador que es prolongación del asombro del hombre arcaico ante el enigmático juego de fuerzas sagradas del universo.
 No podemos seguir prostituyendo la idea del teatro, que tiene un único valor: su relación atroz y mágica con la realidad y el peligro.

 Así plateado, el problema del teatro debe atraer la atención general, sobreentendiéndose que el teatro, por su aspecto físico, y porque requiere expresión en el espacio (en verdad la única expresión real) permite que los medios mágicos del arte y la palabra se ejerzan orgánicamente y por entero, como exorcismos renovados. O sea que el teatro no recuperará sus específicos poderes de acción si antes no se le devuelve su lenguaje.

 En vez de asistir en textos que se consideran definitivos y sagrados importa ante todo romper la sujeción del teatro al texto, y recobrar la noción de un especie de lenguaje único a medio camino entre le gesto y el pensamiento.
 Este lenguaje no puede definirse sino como posible expresión dinámica y en el espacio, opuesta a las posibilidades expresivas del lenguaje hablado. Y el teatro puede utilizar aún de este lenguaje sus posibilidades de expansión (más allá de las palabras), de desarrollo en el espacio, de acción disociadora y vibratoria sobre la sensibilidad. Aquí interviene en las entonaciones, la pronunciación particular de una palabra. Aquí interviene (además del lenguaje auditivo de los sonidos) el lenguaje visual de los objetos, los movimientos, los gestos, las actitudes, pero sólo si prolongamos el sentido, las fisonomías, las combinaciones de palabras hasta transformarlas en signos, y hacemos de esos signos una especie de alfabeto. Una vez que hayamos cobrado conciencia de ese lenguaje en el espacio, lenguaje de sonidos, gritos, luces, onomatopeyas, el teatro debe organizarlo en verdaderos jeroglíficos, con el auxilio de objetos y personajes, utilizando sus simbolismos y sus correspondencias en relación con todos los órganos y en todos los niveles.

 Se trata, pues, para el teatro, de crear una metafísica de la palabra, del gesto, de la expresión para rescatarlo de su servidumbre a la psicología y a los intereses humanos. Pero nada de esto servirá si detrás de ese esfuerzo no hay una suerte de inclinación metafísica real, una apelación a ciertas ideas insólitas que por su misma naturaleza son ilimitadas, y no pueden ser descritas formalmente. Estas ideas acerca de la Creación, el Devenir, el Caos, son todas de orden cósmico y nos permiten vislumbrar un dominio que el teatro desconoce hoy totalmente, y ellas permitirán crear una especie de apasionada ecuación entre el Hombre, la Sociedad, la Naturaleza y los Objetos.
 No se trata, por otra parte, de poner directamente en escena ideas metafísicas, sino de crear algo así como tentaciones, ecuaciones de aire en torno a estas ideas. Y el humor con su anarquía, la poesía con su simbolismo y sus imágenes nos dan una primera noción acerca de los medios de analizar esas ideas.

 Hemos de referirnos ahora al aspecto únicamente material de ese lenguaje. Es decir, a todas las maneras y medios con que cuenta para actuar sobre la sensibilidad.
Sería vano decir que incluye la música, la danza, la pantomima, o la mímica. Es evidente que utiliza movimientos, armonías, ritmos, pero sólo en cuanto concurren a una especie de expresión central sin favorecer a un arte particular. Lo que no quiere decir tampoco que no utilice hechos ordinarios, pasiones ordinarias, pero como un

 trampolín, del mismo modo que el HUMOR-DESTRUCCIÓN puede conciliar la risa con los hábitos de la razón.
 Pero con un sentido completamente oriental de la expresión, ese lenguaje objetivo y concreto del teatro fascina y tiende un lazo a los órganos. Penetra en la sensibilidad. Abandonando los usos occidentales de la palabra, transforma los vocablos en encantamientos. Da extensión a la voz. Aprovecha las vibraciones y las cualidades de la voz. Hace que el movimiento de los pies acompañe desordenadamente los ritmos. Muele sonidos. Trata de exaltar, de entorpecer, de encantar, de detener la sensibilidad. Libera el sentido de un nuevo lirismo del gesto que por su precipitación o su amplitud aérea concluye por sobrepasar el lirismo de las palabras. Rompe en fin la sujeción intelectual del lenguaje, prestándole el sentido de una intelectualidad nueva y más profunda que se oculta bajo gestos y bajo signos elevados a la dignidad de exorcismos particulares.

 Pues todo este magnetismo y toda esta poesía y sus medios directos de encanto nada significarían si no lograran poner físicamente el espíritu en el camino de alguna otra cosa, si el verdadero teatro no pudiera darnos el sentido de una creación de la que sólo poseemos una cara, pero que se completa en otros planos.
 Y poco importa que estos otros planos sean conquistados realmente o no por el espíritu, es decir, por la inteligencia, pues eso sería disminuirlos, lo que no tiene interés ni sentido. Lo importante es poner la sensibilidad, por medios ciertos, en un estado de percepción más profunda y más fina, y tal es el objeto de la magia y de los ritos de los que el teatro es sólo el reflejo.

 TÉCNICA
Se trata pues de hacer del teatro, en el sentido cabal de la palabra, una función; algo tan localizado y tan preciso como la circulación de la sangre por las arterias, o el desarrollo, caótico en apariencia, de las imágenes del sueño en el cerebro, y esto por un encadenamiento eficaz, por un verdadero esclarecimiento de la atención.

 El teatro sólo podrá ser nuevamente el mismo, ser un medio de auténtica ilusión, cuando proporcione al espectador verdaderos precipitados de sueños, donde su gusto por el crimen, sus obsesiones eróticas, su salvajismo, sus quimeras, su sentido utópico de la vida y de las cosas y hasta su canibalismo desborden en un plano no fingido e ilusorio, sino interior.

 En otros términos, el teatro debe perseguir por todos los medios un replanteo, no sólo de todos los aspectos del mundo objetivo y descriptivo externo, sino también del mundo interno, es decir del hombre considerado metafísicamente. Sólo así, nos parece, podrá hablarse otra vez en el teatro de los derechos de la imaginación. Nada significan el humor, la poesía, la imaginación si por medio de una destrucción anárquica generadora de una prodigiosa emancipación de formas que constituirán todo el espectáculo, no alcanzan a replantear orgánicamente al hombre, con sus
ideas acerca de la realidad, y su ubicación poética en la realidad.

 Pero considerar al teatro como una función psicológica o moral de segunda mano y suponer que hasta los sueños tienen sólo una función sustitutiva es disminuir la profunda dimensión poética de los sueños del teatro. Si el teatro es, como los sueños, sanguinario e inhumano, manifiesta y planta inolvidablemente en nosotros, mucho más allá, la idea de un conflicto perpetuo y de un espasmo donde la vida se interrumpe continuamente, donde todo en la creación se alza y actúa contra nuestra posición establecida, perpetuando de modo concreto y actual las ideas metafísicas de ciertas fábulas que por su misma atrocidad y energía muestran su origen y su continuidad en principio esenciales.
 Se advierte por lo tanto que ese lenguaje desnudo del teatro, lenguaje no verbal sino real, debe permitir, próximo a los principios que le trasmiten su energía, y mediante el empleo del magnetismo nervioso del hombre, transgredir los límites ordinarios del arte y de la palabra, y realizar secretamente, o sea mágicamente, en términos verdaderos, una suerte de creación total donde el hombre pueda recobrar su puesto entre el sueño y los acontecimientos.

 LOS TEMAS
 No queremos abrumar al público con preocupaciones cósmicas trascendentes. Que haya claves profundas del pensamiento y de la acción, que permitan una comprensión de todo el espectáculo, no atañe en general al espectador, ni le interesa. Pero es necesario que esas claves estén ahí, y eso sí nos atañe.

 EL ESPECTÁCULO. En todo espectáculo habrá un elemento físico y objetivo, para todos perceptible. Gritos, quejas, apariciones, sorpresas, efectos teatrales de toda especie, belleza mágica de los ropajes tomados de ciertos modelos rituales, esplendor de la luz, hermosura fascinante de las voces, encanto de la armonía, raras notas musicales, colores de los objetos, ritmo físico de los movimientos cuyo crescendo o decrescendo armonizarán exactamente con la pulsación de movimientos a todos familiares, apariciones concretas de objetos nuevos y sorprendentes, máscaras, maniquíes de varios metros de altura, repentinos cambios de luz, acción física de la luz que despierta sensaciones de calor, frío, etcétera.
 LA PUESTA EN ESCENA. El lenguaje típico del teatro tendrá su centro en al puesta en escena, considerada no como simple grado de refracción de un texto en escena, sino como el punto de partida de toda creación teatral. Y en el empleo y manejo de ese lenguaje se disolverá la antigua dualidad de autor y director, reemplazados por una suerte de creador único, al que incumbirá la doble responsabilidad del espectáculo y la acción.

 EL LENGUAJE DE LA ESCENA. No se trata de suprimir la palabra hablada, sino de dar aproximadamente a las palabras la importancia que tienen en los sueños.

 Hay que encontrar además nuevos medios de anotar ese lenguaje, ya sea en el orden de la transcripción musical, o en una especie de lenguaje cifrado.
 En cuanto a los objetivos ordinarios, e incluso al cuerpo humano, elevados a la dignidad de signos, uno puede inspirarse, evidentemente, en los caracteres jeroglíficos, no sólo para anotar tales signos de una manera legible, de modo que sea fácil reproducirlos, sino para componer es escena símbolos precisos e inmediatamente legibles.

  Por otra parte, este lenguaje cifrado y esta transcripción musical serán valiosos medios de transcribir voces.
 Como en este lenguaje es fundamental un empleo particular de las entonaciones, éstas se ordenarán en una suerte de equilibrio armónico, de deformación secundaria del lenguaje que será posible reproducir a voluntad.

 Asimismo, las diez mil y una expresiones del rostro reproducidas en forma de máscaras podrán titularse y catalogarse, de modo que participen directa y simbólicamente en el lenguaje concreto de la escena, independientemente de su utilización psicológica particular.
 Además, esos gestos simbólicos, esas máscaras, esas actitudes, esos movimientos individuales o de grupos, con innumerables significados que son parte importante del lenguaje concreto del teatro, gestos evocadores, actitudes emotivas o arbitrarias, excitadas trituraciones de ritmos y sonidos, serán duplicadas, multiplicadas por actitudes y gestos reflejos: la totalidad de los gestos impulsivos, de las actitudes truncas, de los lapsus del espíritu y de la lengua, medios que manifiestan lo que podríamos llamar las impotencias de la palabra, y donde hay una prodigiosa riqueza de expresiones a la que no dejaremos de recurrir oportunamente.

 Hay ahí también una idea concreta d la música, donde los sonidos intervienen como personajes, donde las armonías se acoplan en parejas y se pierden en las intervenciones precisas de las palabras.

  De uno y otro medio de expresión se crean correspondencias y gradaciones; y todo, hasta la luz, puede tener un sentido intelectual determinado.
 LOS INSTRUMENTOS MUSICALES. Serán tratados como objetos y como parte del decorado.

 Por otra parte, la necesidad de actuar directa y profundamente sobre la sensibilidad por intermedio de los órganos invita a la búsqueda, desde el punto de vista de los sonidos, de cualidades y vibraciones sonoras absolutamente nuevas (cualidades de que carecen los instrumentos musicales actualmente en uso) y obliga a rehabilitar instrumentos antiguos y olvidados, y a crear otros nuevos. Obliga, asimismo, a buscar, fuera de la música, instrumentos y aparatos basados en combinaciones metálicas especiales, o en aleaciones nuevas, y capaces de alcanzar un nuevo diapasón de la octava, producir sonidos o ruidos insoportables, lancinantes.
 LA LUZ. LA ILUMINACIÓN. Los aparatos luminosos que hoy se emplean en el teatro no son adecuados. Es necesario investigar la particular acción de la luz sobre el espíritu, los efectos de las vibraciones luminosas, junto con nuevos métodos de expandir la luz, en napas, o en andanadas de flechas de fuego. Hay que revisar del principio al fin la gama coloreada de los aparatos actuales. Para obtener las cualidades de los tonos particulares hay que introducir en la luz un elemento de tenuidad, de densidad, de opacidad y sugerir así calor, frío, cólera, miedo, etcétera.

 LA VESTIMENTA. En cuanto concierne al ropaje, y sin ocurrírsenos que pueda haber una vestimenta uniforme en el teatro, igual para todas las obras, deberá evitarse en lo posible el ropaje moderno, no a causa de una fetichista y supersticiosa reverencia por lo antiguo, sino porque es absolutamente evidente que ciertos ropajes milenarios, de empleo ritual -aunque en determinado momento hayan sido de época- conservan una belleza y una apariencia reveladoras, por su estricta relación con las tradiciones de origen.
 LA ESCENA. LA SALA. Suprimimos la escena y la sala y las reemplazamos por un lugar único, sin tabiques ni obstáculos de ninguna clase, y que será el teatro mismo de la acción. Se restablecerá una comunicación directa entre el espectador y el espectáculo, entre le actor y el espectador, ya que el espectador, situado en el centro mismo de la acción, se verá rodeado y atravesado por ella. Ese envolvimiento tiene su origen en la configuración misma de la sala.

 De modo que, abandonando las salas de teatro actuales, tomaremos un cobertizo o una granja cualesquiera, que modificaremos según los procedimientos que han culminado en la arquitectura de ciertas iglesias, de ciertos lugares sagrados y de ciertos templos del Tíbet Superior.
 En el interior de esa construcción prevalecerán ciertas proporciones de altura y profundidad. Cerrarán la sala cuatro muros sin ningún adorno, y el público estará sentado en medio de la sala, abajo, en sillas móviles, que le permitirán seguir el espectáculo que se ofrezca a su alrededor. En efecto, la ausencia de escena en el sentido ordinario de la palabra invitará a la acción a desplegarse en los cuatro ángulos de la sala. Se reservarán ciertos lugares para los actores y la acción en los cuatro puntos cardinales de la sala. Las escenas se interpretarán ante muros encalonados, que absorberán la luz. Además, en lo alto unas galerías seguirán el contorno de la sala, como en ciertos cuadros primitivos. Tales galerías permitirán que los actores, cada vez que la acción lo requiera, se persigan de un punto a otro e la sala, y que la acción se despliegue en todos los niveles y en todos los sentidos de la perspectiva, en altura y profundidad. Un grito lanzado en un extremo podrá transmitirse de boca en boca con amplificaciones y modulaciones sucesivas hasta el otro extremo. La acción desatará su ronda, extenderá su trayectoria de piso en piso, de un punto a otro, los paroxismos estallarán de pronto, arderán como incendios en diferentes sitios. Y el carácter de verdadera ilusión del espectáculo, tanto como la huella directa e inmediata de la acción sobre el espectador, dejarán de ser palabras huecas. Pues esta difusión de la acción por un espacio inmenso, obligará a que la luz de una escena y las distintas luces de una representación conmuevan tanto al público como a los personajes; y a las distintas acciones simultáneas, a las distintas fases de una acción idéntica (donde los personajes, unidos como las abejas de un enjambre, soportarán todos los asaltos de las situaciones y los asaltos exteriores de los elementos y de la tempestad) corresponderán medios físicos que producirán luz, truenos o viento, y cuyas repercusiones sacudirán al espectador.

 Sin embargo, ha de reservarse un emplazamiento central que sin servir propiamente de escena, permita que el grueso de la acción se concentre e intensifique cada vez que sea necesario.
 LOS OBJETOS. LAS MÁSCARAS. LOS ACCESORIOS. Maniquíes, máscaras enormes, objetos de proporciones singulares aparecerán con la misma importancia que las imágenes verbales y subrayarán el aspecto concreto de toda imagen y de toda expresión, y como corolario todos los objetos que requieren habitualmente una representación física estereotipada aparecerán escamoteados o disfrazados.

  EL DECORADO. No habrá decorado. Cumplirán esa función personajes jeroglíficos, vestimentas rituales, maniquíes de diez metros de altura que representarán la barba del Rey Lear en la tempestad, instrumentos musicales grandes como hombres, y objetos de forma y fines desconocidos.
 LA ACTUALIDAD. Pero, se dirá, un teatro tan alejado de la vida, de los hechos, de las preocupaciones actuales . . . De la actualidad y de los acontecimientos, ¡sí! De las preocupaciones en cuanto hay en ellas una profundidad reservada a unos pocos, ¡no! En el Zohar, la historia de Rabbi Simeón que arde como un fuego es tan inmediata como el fuego mismo.

 LAS OBRAS. No interpretaremos piezas escritas, sino que ensayaremos una puesta en escena directa en torno a temas, hechos, y obras conocidas. La naturaleza y la disposición misma de la sala sugieren el espectáculo y no podemos negarnos ningún tema, por más vasto que sea.
 ESPECTÁCULO. Hay que resucitar la idea de un espectáculo integral. El problema es dar voz al espacio, alimentarlo y amueblarlo, como minas metidas en una muralla blanca, que se transforma en géyseres y ramilletes de piedras.

  EL ACTOR. El actor es a la vez un elemento de primordial importancia, pues de su eficaz interpretación depende el éxito del espectáculo, y una especie d elemento pasivo y neutro, ya que se le niega rigurosamente toda iniciativa personal. No existe en este dominio, por otra parte, regla precisa; y entre el actor al que se le pide una simple cualidad de sollozo y el que debe pronunciar un discurso con todas sus personales cualidades de persuasión, hay toda la distancia que separa a un hombre de un instrumento.
 LA INTERPRETACIÓN. Será un espectáculo cifrado de un extremo al otro, como un lenguaje. De tal manera, no se perderá ningún movimiento, y todos los movimientos obedecerán a un ritmo; y como los personajes serán sólo tipos, los gestos, la fisonomía, el ropaje, aparecerán como simples trazos de luz.

 EL CINE. A la cruda visualización de lo que es, opone el teatro por medio de la poesía imágenes de lo que no es. Por otra parte, desde el punto de vista de la actuación no es posible comparar una imagen cinematográfica con una imagen teatral que obedece a todas las exigencias de la vida.
 LA CRUELDAD. Sin un elemento de crueldad en la base de todo espectáculo, no es posible el teatro. En nuestro presente estado de degeneración, sólo por la piel puede entrarnos otra vez la metafísica en el espíritu.

 EL PÚBLICO. Es necesario ante todo que el teatro exista.
EL PROGRAMA. Pondremos en escena, sin cuidarnos del texto:

 1. Una adaptación de una obra de la época de Shakespeare, enteramente conforme con el estado actual de turbación de los espíritus, ya se trate de una pieza apócrifa de Shakespeare, como Arden of Feversham, o de cualquier otra de la misma época.
 2. Una pieza de libertad poética extrema, de León-Paul Fargue.

 3. Un extracto del Zohar: la historia del Rabbi Simeón, que tiene siempre la violencia y la fuerza de una conflagración.
 4. La historia de Barba Azul, reconstituida según los archivos y con una idea nueva del erotismo y de la crueldad.

 5. La caída de Jerusalén, según la Biblia y la historia, con el color rojo sangre que mana de la ciudad y ese sentimiento de abandono y pánico de las gentes, visible hasta en la luz; y por otra parte las disputas metafísicas de los profetas, la espantosa agitación intelectual que ellos crearon, y que repercutió físicamente en el rey, el templo, el populacho y los acontecimientos.
 6. Un cuento del Marqués de Sade, donde se transponga el erotismo, presentado alegóricamente como exteriorización violenta de la crueldad y simulación del resto.

 7. Uno o varios melodramas románticos donde lo inverosímil será un elemento poético activo y concreto.

 8. El Woyzeck de Büchner, como reacción contra nuestros propios principios, y como ejemplo de lo que puede obtenerse escénicamente de un texto preciso.
 9. Obras del teatro isabelino, despojadas de su texto, y conservando sólo el atavío de época, las situaciones, los personajes y la acción.

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Teatro de la Crueldad
Textos Surrealistas

Van Gogh "El suicidado por la sociedad"Cartas a los poderes
Cuadernos de Rodez

4 jun 2013

Richard Kern: La repulsión de lo bello



Mi cinefilia tiene una inclinación extraña hacia las manifestaciones extremas. Ello me hace preguntarme insistentemente qué tanto me molesta de los lugares comunes, contra los cuales, por demás, no hago perenne escarnio. Más bien, sufro de una suerte de tendencia autodestructiva que sublimo cuando me expongo al cine en tanto que experiencia física y emocional de choque, sacudida de lo tenido por seguro en mí mismo. El esteticismo y el regusto por la complicidad de las ideas sugeridas a través de la imagen me importan menos que su trabajo de demolición de mis nociones.
Un caso: Richard Kern (1954) sabía que el sexo era el escenario preferido de lo elusivo. Siendo como es un fenómeno tan decisivo en la vida humana, tan determinante en sus motivaciones, resulta paradójico que se le obvie siempre en las historias personales y que su presencia en la esfera pública sufra toda clase de mediaciones. Kern lo descubrió a través de su contexto: Reagan y la jubilosa ideología falocéntrica del cowboy, las fuerzas duras de los neocons haciendo olas en defensa de la familia, los valores tradicionales y el patrioterismo redivivo después del slump post Viet Nam.

Mientras que Nick Zedd armaba en los propios 80 su alharaca a través del Manifiesto del Cine de la Transgresión y adoptaba una actitud autopromocional que servía de revulsivo extra de cara a su habitual crítica de las instituciones (la moral social, las buenas costumbres, el matrimonio, la pareja e incluso el sexo, además del propio cine), Kern descubrió que lo único que nos hacía semejantes, idénticos más bien, es la esfera de lo físico. En tanto que análogo entre los hombres, es además el medio ideal para el disenso.

El campo de trabajo de Kern se fundó entonces en recargar de fisicalidad el cine. Tras inaugurar con Zedd una temible pareja, que acabó en desavenencias mutuas y en acusaciones de traición de este último (y cuyas expresiones más limpias son Woman at the Wheel (1985) y, sobre todo, You Killed Me First (1985), Kern se enfrascó en la realización de películas que explotaron el ángulo perverso de lo físico. Orquestadas como pasarela orgiástica que singulariza y toma en cuenta esa cuarta pared desde la cual miramos, entre turbados y ansiosos por ver más, el desfile de cuerpos hermosos, su reclamo de atención se transforma siempre en perversa escenificación de la violencia, la muerte, el dolor. El látex envolvente de las chicas de Submit to me, los cuerpos contorneados y los voluptuosos movimientos ceden paso al asesinato mutuo, simultáneo, mientras el rostro angélico de una adolescente se desgarra en explosión de rabia y dolor. Las chicas de The Bitches, por otro lado, ejecutan la seducción del joven andrógino para finalmente poseerlo travestidas como varones, para penetrarlo y dominarlo en una sesión sexual que, además de escenificación de la transgresión de los sexos, funciona como exacerbación del sistema de dominación oculto tras los roles de género.

Los cuerpos son casi la única materia de las películas de Kern. Cuerpos agredidos o agresores. El reclamo de que reconozcamos esa condición material de nuestra propia arquitectura está en pantalla, subrayado en las secuencias en que una de esas mujeres u hombres se masturba ante la cámara, improvisa un baile erotizado para su objetivo, para nosotros. Son mujeres hermosas siempre, y hombres lascivos. Cautivo nuestro Eros, Kern procede a exhibir el suicidio de una de esas figuras, frente a cámara. Sabe lo que significa el compromiso con el campo espectatorial, esa complicidad del que mira al tiempo que es mirado. Pero entonces la sinfonía de placer se troca en batahola de muerte, tortura, desmembramiento, suplicio. El cuerpo como escenario común de felicidad y angustia. Los extremos tan próximos de vida y muerte, goce y dolor. La corporalidad como territorialidad común, la única que nos aproxima.

De ahí que, después de padecer con fruición ese cine suyo, reunido en el volumen The Hardcore Collection, sea una sorpresa encontrar a Kern dedicado por entero a la fotografía. La edición digital del diario The Austin Chronicle reportaba a fines de 2004 una exhibición de las películas de Kern en un artículo titulado “Trascendiendo la transgresión” Richard Kern abandona la histeria por lo erótico”. Según el reportero, la oscura fama del artista es cosa del pasado, pues en estos días es mejor conocido como autor de fotos del eros femenino (reunidas en siete volúmenes), entre las cuales resalta New York Girls. Kern viajó a Austin con el propósito de obtener modelos para nuevas sesiones de fotografías.

“Es divertido fotografiar en sitios diferentes. Acabo de regresar de Polonia, donde fotografié a cinco chicas durante cinco días. Estar en un sitio diferente lo hace parecer diferente, divertido.” De su nuevo libro de fotos, Soft, adelanta que “hay muchas chicas reposando en camas, sentadas en bañeras. También trabajo en el siguiente libro, que es todo acerca del voyeurismo y eso es lo que voy a trabajar en Texas, la cosa voyeurística.”
Kern reconoce que filma a las modelos mientras hace sus sesiones de fotos, pero dice no saber nada de la existencia o no de remanentes del cine de la transgresión de los 80. “La gente me envía películas todo el tiempo. A veces las veo, pero siento como si estuviera allá en los 80 haciendo la misma cosa. Te haces viejo y no estás interesado en seguir en lo mismo como lo estuviste cuando eras más joven. Pero la escena debe seguir existiendo en alguna parte allá afuera. Esos cineastas tienen que empezar en algún lugar.”

Cuando en tiempos de angustia y desesperación la gente se refugia en el sexo, los poderes tratan de cooptar esos impulsos, de someterlos a canales de control invisibles, a través del reforzamiento de lo ideológico. El poder intenta ocupar el espacio del cuerpo con palabras. Es decir, del lenguaje, de los signos: vacío. Un extremo sería Sade como patología. Otro, Kern como cura en salud de la mentira.

Dean Luis Reyes

3 jun 2013

Hibris y Locura

“La locura está hundida en el discurso de la experiencia histórica y en la tajante realidad de los hechos humanos. Pero, siempre eludida, siempre inapreciable, estalla como un confín y al mismo tiempo se cierra como una peligrosa transparencia bajo las líneas de fuerza de la razón dominante."
 Michel Foucault.

En una de ocasión, Nash definió su locura en los siguientes términos: “Me sentía como un profeta, solo, en medio del desierto, con una verdad trascendente que transmitir y sin nadie a quien hablar”. Y, en otra: “Era infeliz al recuperarme porque la normalidad no me hacía feliz. La locura empieza cuando descubres una segunda realidad en tu mente y a veces la eliges, porque te hace más feliz que la normalidad. Así alcancé un punto en que yo era más feliz loco que cuerdo.”

Desde esa extrañeza radical que separa a los cuerdos de los no convencionales han escrito muchos autores condenados a una Hibris que supone la ruptura de las normas admitidas. Su mayor aliada, la locura, aparece íntimamente unida a la creación literaria.

Demencia y talento se hermanan con bastante frecuencia: Artaud, Nietzsche, Panero, Van Gogh son ejemplos de cómo el arte conduce en ocasiones a la vesania, y viceversa. En esta ocasión el contenido de varios trabajos literarios en los que la locura es un componente constitutivo básico.
 
 Lenz, del dramaturgo alemán Büchner, conocido por su Woyzeck, que llevó a escena el visionario americano Bob Wilson, es una novela breve en la que se narra la esquizofrenia de un poeta amigo de Goethe. Lo que convierte al relato en un documento estremecedor es el hecho de que su autor sufría también esa enfermedad alada
 
 
Dentro de la hibris que condena a quien la sufre a un delirio irreal y al esfuerzo titánico que acabará por destruirlo, Así Habló Zaratustra, la genial obra del filósofo alemán Friedrich Nietzsche. Una fortísima declaración de vitalismo en forma narrativa por quien fuera profeta del mazdeísmo Zaratustra que contiene altísimas cotas de lucidez, profundos desgarros y el germen delirante de lo que acabó por llevar a la locura al atormentador escritor. Poseedor de un estilo magistral, potente como la voz del profeta en el desierto de la banalidad, el libro es absolutamente recomendable para quienes buscan emociones fuertes cerebrales. También para los amantes de la buena literatura.
 

 
En el extraño libro de Artaud, Heliogábalo, el anarquista coronado, la desmesura está más en el fondo que en la forma. Antonin Artaud, el genio loco que renovó el teatro europeo y escandalizó a Francia, desgrana una escritura sugestiva y compleja para recrear el delirio sexual de aquel emperador elegido a los 14 años y asesinado en las letrinas por su guardia pretoriana cuando tenía 18.
 
 

Diario de un loco, de Nijinski, representa la ruta a la locura del mítico bailarín, la antesala al momento en que se sumió en el caos.
 
 
Elogio de la locura es, sin embargo, un ensayo inteligentísimo e irónico del gran humanista Erasmo, que justifica estar un poco loco para que te dejen en paz.
 
 
 
Y por último menciono esta monumental definición de Ambrose Bierce, que a mi juicio es verdad axiomática.

Loco, adj. Dícese de quien está afectado de un alto nivel de independencia intelectual; del que no se conforma a las normas de pensamiento, lenguaje y acción que los conformantes han establecido observándose a sí mismos; del que no está de acuerdo con la mayoría; en suma, de todo lo que es inusitado. - Diccionario del Diablo, Ambrose Bierce-

 

2 jun 2013

ALLIN, G. G. - TRANSGRESIÓN, ESTÉTICA DE LA - HARD CORE

G.G. Allin: la transgresión como suicidio público
 

Una figura lateral pero importante dentro de la estética de la transgresión fue la del rockero performer G.G. Allin. Objeto de culto para estos cineastas, Allin dedicó los últimos años de su vida, antes de fallecer por una sobredosis, a una suerte de auto-inmolación pública que le significó la cárcel en innumerables ocasiones, la hospitalización en muchas y definitivamente la muerte.

Los shows de G. G. Allin consistían en una ceremonias de violencia delirante en las cuales, sobre el fondo de una desastrosa banda de punk-rock
(generalmente los Murder Junkies), Allin entonaba completamente desnudo las canciones más obscenas que puedan imaginarse mientras realizaba actos de coprofagia y auto-laceración, enfrascándose en monumentales grescas con su público, que frecuentemente lo golpeaba hasta dejarlo inconsciente o camino al hospital.

La enfermiza personalidad de Allin atrajo inmediatamente la atención de
Richard Kern, quién escribió un guión llamado Circle of Abuse (Círculo de abuso) que, de haber sido filmado, habría dejado a sus demás obras convertidas en filmes infantiles. Quién sí logró aprovechar la figura de Allin fue el director Todd Philips, parte también del Cine de la Transgresión, que filmó un documental sobre la última gira de Allin llamado Hated: G.G. Allin & The Murder Junkies (Odiado: G. G. Allin & Los Adictos al Asesinato), en el que registraba las asombrosamente violentas performances de Allin, intercalándolas con reportajes al mismo que le daban un tono de patetismo al documental al mostrar a un hombre absolutamente devorado por los demonios de la auto-destrucción.

La muerte de Allin lo convirtió en una figura célebre dentro para el público rockero y, coincidiendo con la finalización y lanzamiento del documental, hizo de Hated... el único suceso de taquilla del Cine de la Transgresión y demostrándole a Philips lo redituable de los documentales sobre situaciones extremas, lo que hizo que realizara a continuación uno sobre la
paidofilia homosexual y otro sobre las filmaciones pornográficas hardcore.
*Publicado originalmente en Insomnia Nº58
 

1 jun 2013

Más allá de todo: el Cine de la Transgresión

ZEDD, NICK - CINE DE LA TRANSGRESIÓN - UNDERGROUND - KERN, RICHARD - STARK MELE, CASANDRA - HUGHES FREEMAN, TESSA -

Durante los ochenta, en plena era de Reagan, los yuppies, la adicción al trabajo, el nacionalismo belicista, Michael Jackson, Secretaria ejecutiva e intolerancias en general, parte de el arte norteamericano deambuló por caminos lejanos a los medios y la cultura oficial, radicalizándose en las pequeñas libertades de sus reducidos circuitos alternativos.

Así como musicalmente el
hardcore y el hip-hop exponían las miserias del sueño americano conservador mediante fórmulas sonoras novedosas y escritores como
Bret Easton Ellis y Dennis Cooper tanteaban los límites de la libertad de palabra, un reducido grupo de cineastas radicados en su mayoría en el Lower East Side, el en ese entonces peligroso barrio bohemio de Nueva York, decidían arremeter con todas sus fuerzas contra todas las convenciones, tanto académicas como morales del cine, y hacer escandalizar a cuanto espectador se pusiese frente a una de sus películas.

El resultado fue una serie de obras destinadas a horrorizar, asombrar, asquear, excitar y fascinar, es decir, a tratar de conmover al espectador por todos los medios. Mientras el mundo sonreía al compás de la perfecta dentadura de Tom Cruise y las películas de Luis Buñuel se convertían en atracciones de museos e instituciones en contra de las cuales fueron filmadas, personajes como Nick Zedd, Richard Kern y Tommy Turner hacían borrosa la frontera entre arte y vida real y volvían sus cámaras hacia el lado feo de Estados Unidos, consiguiendo una serie de provocativas estampas del infierno que irradiaban maldad, violencia y belleza ocasional, en un cine que pretendía ir más allá de todas las fronteras establecidas por la sociedad.
Una mujer, interpretada por un hombre, pega una imagen de Cristo en la pared de un baño, luego se desviste y se introduce en la bañera, donde se corta las venas. Luego llega su novio, quién entra en el baño para usar el inodoro, sin percatarse de la presencia del cadáver. Después de defecar y al no encontrar papel higiénico se limpia con la imagen de Cristo. Con los pantalones aún bajos descubre el cuerpo de su novia en la bañera y procede a practicar una fellatio con la boca de la muerta hasta eyacular. Fin.

Este es, a grandes rasgos, el argumento de Thrust in Me
(Introduce en mí), colaboración entre Nick Zedd (quien interpreta a la mujer exceptuando la escena del desnudo) y Richard Kern, y forma parte de la colección de historias cortas The Manhattan Love Suicides (Los suicidios de amor de Manhattan, 1984) de Kern, una de las obras fundamentales de lo que ha venido a denominarse como "
Cine de la Transgresión" y que se trata básicamente de una serie de obras realizadas por un grupo de cineastas neoyorquinos durante los años ochenta, producidas con medios irrisorios y exhibidas de forma subterránea.

Fácilmente atacable tanto por sus aspectos técnicos y por su deliberada intención de provocar, el Cine de la Transgresión hizo de estos defectos sus rasgos distintivos, convirtiéndose en un equivalente visual de lo más radical del punk-rock, con el que se relaciona directamente, a la vez que continuaba la provocativa tradición del cine underground norteamericano, en particular las obras de Jack Smith, Kenneth Anger, Andy Warhol y John Waters, condimentandolo con un mucho mayor grado de obsesión por el sexo y la
muerte.

Surgido inmediatamente después del movimiento conocido como No Wave, corriente musical neoyorquina que se caracterizaba por su extremo nihilismo y la deliberada fealdad de su música, el Cine de la Transgresión se nutrió con integrantes de la No Wave como Lydia Lunch y se mantuvo fuertemente relacionado con las bandas subterráneas del Nueva York de los ochenta, en particular de las bandas del Lower East Side, que conformarían movimientos más o menos definidos como el Scum Rock o el Noise.

La relación con el
rock es esencial para entender los trabajos de estos cineastas, en su mayoría cortometrajes en blanco y negro, en los que en muchas ocasiones se limitan a retratar personajes inverosímiles de la escena rockera del Downtown neoyorquino, y que utiliza recursos en ocasiones emparentados con el video-clip, sólo que con intenciones estéticas radicalmente diferentes a las del material que se ve habitualmente en MTV (no obstante lo cual Richard Kern ha dirigido varios video-clips exhibidos en MTV, incluyendo algún trabajo para ese payaso provocador profesional que es Marilyn Manson).

El Cine de la Transgresión es también, y a pesar de nacer en una de las ciudades más ricas del planeta, un cine de la pobreza en el que las extremas dificultades de exhibición, lo poco redituable de las pocas conseguidas y la ausencia absoluta de auspicios y subvenciones han hecho que la financiación de los mismos dependa de sus propios autores o de sus amigos, utilizando película robada o encontrada, en ocasiones rollos solarizados y descartados o filmaciones documentales perdidas y utilizadas a modo de samplers dentro de nuevos contextos, y filmando con actores no profesionales
(generalmente ni siquiera actores)
.

Rechazadas por la casi totalidad de las salas de proyección, incluyendo a las orientadas hacia el cine arte, estas obras terminaron siendo proyectadas en discotecas, salas de conciertos e inclusive lugares públicos, en arriesgadas exhibiciones ilegales. A pesar de todas estas limitaciones y dificultades, el Cine de la Transgresión logró la suficiente trascendencia como para convertir sus películas en objetos de culto y provocar la edición de varios estudios relacionados con el tema, que han convertido a sus figuras más emergentes
(Zedd, Kern) en autores reconocidos, aunque no especialmente populares, que han dejado una perdurable influencia en el cine secreto de Estados Unidos de los noventa.

Nick Zedd
Ideólogo básico y fundador del Cine de la Transgresión, Nick Zedd es un personaje tan extraño como su obra. Nacido en Washington D.C., Zedd tuvo una adolescencia solitaria y aparentemente trastornada por el descubrimiento del dadaísmo y el surrealismo, y por una temprana experiencia con L.S.D.

Después de filmar algunos cortos en Super 8, Zedd se mudó a la ciudad de Nueva York, donde estudió
arte y llevó una vida errática y bohemia, relacionándose con los circuitos cinematográficos subterráneos y llegando a conocer a Jack Smith, el legendario autor de Flaming Creatures (Criaturas flameantes). Su primer filme, They Eat Scum (Ellos comen basura, 1979), llamó la atención con una historia delirante sobre rockeros en un mundo post-apocalipsis.

La película incluía varias escenas de canibalismo, bestialismo y crueldad general que la emparentaba con el polémico cine que Scott y Beth B. estaban realizando en esa época, pero, además de hacer un hincapié mayor en los elementos polémicos, la película exhudaba un nihilismo y un
humor totalmente distintos a la velada corrección política de Beth B.

Su segunda obra The Bogus Man
(El hombre falso,1980) sí tenía elementos políticos más definidos en un argumento confuso sobre el secuestro y clonación del presidente de los Estados Unidos. Esa trama básica se veía interrumpida periódicamente por la aparición de una mujer gorda desnuda (en realidad un disfraz que los espectadores descubren luego de algunas apariciones)
bailando frente a una bandera norteamericana.

Dicho personaje, en un rasgo de humor autorreferente de Zedd, repetía constantemente la frase "¿por qué mis ojos tienen que ver esto?", algo que se repetiría en su obra siguiente Geek Maggot Bingo
(1983)
, en la que hacía decir al tambaleante punk-rocker Richard Hell en medio de un decorado pintado a mano sobre cartones: "¿Qué tal algo de director Nick?" y advertía a mediados del filme: "Váyanse ahora, esto no va a mejorar".

Las siguientes películas de Zedd muestran una variedad de intereses, abandonando progresivamente la narración lineal, incluyendo obras como Kiss Me Goodbye
(Bésame de despedida, 1986), un corto sobre un beso que se va convirtiendo en un estrangulamiento; la ya mencionada Thrust in Me y la semi-pornográfica Whoregasm (Putasmo,1988), filmada en algunos segmentos con un rollo de película solarizada encontrado en un tacho de
basura.

También filmó tres obras que son esenciales para entender la estética del Cine de la Transgresión y la complicada mente de Nick Zedd: Police State
(1988) es básicamente y como su nombre (Estado policial)
lo indica una violenta crítica a la policía y a las instituciones represivas en general, que cuenta la detención y posterior tortura y mutilación de un joven en una comisaría, en un acto de crueldad gratuita narrada en forma lineal e interpretada por el propio Zedd.

La notable secuencia inicial, en la que una mano anónima escribe el título de la película sobre la parte posterior de una patrulla policial, fue filmada disimuladamente frente a una comisaría y un error de cámara significó que dos autos policiales patrullaran ese día con dicha frase escrita en sus carrocerías.

War is Menstrual Envy
(La guerra es envidia menstrual, 1992)
es la obra más ambiciosa de Zedd y prescinde deliberadamente de diálogos para acumular una serie de imágenes chocantes o estilizadas de extraños personajes evolucionando sobre un fondo musical de hip-hop y noise.

La película utilizaba varios freaks auténticos como un hombre con el cuerpo y el rostro lleno de horribles quemaduras y otro tatuado de pies a cabeza, y debía ser proyectada en dos pantallas simultáneas, al estilo del Chelsea Girls
(1968) de Andy Warhol. Sin embargo, posiblemente la más reveladora de las películas de Zedd sea The Wild World of Lydia Lunch (El salvaje mundo de Lydia Lunch, 1983), que es básicamente un documental de un
viaje realizado por el cineasta con su entonces pareja, la cantante y performer Lydia Lunch, y que registra el auténtico deterioro de la relación, culminando con un mensaje telefónico de Lunch que fue utilizado sin el consentimiento de la misma.

Con actos como éste, sumados a su intención de subsistir en forma parasitaria de sus relaciones, no es de sorprender que Zedd sea un personaje poco popular en algunos circuitos neoyorquinos. Imposibilitado económicamente de realizar una nueva película, Zedd escribió una autobiografía, Bleed
(Sangra)
que presentó en una escandalosa conferencia de prensa en la que varias personas se presentaron para reclamarle cuentas pendientes.

Desde entonces se encuentra inmerso en varios proyectos aún no concretados por los mencionados problemas económicos y realizando giras de exhibición de sus películas por Europa, giras que más de una vez han terminado con su detención y el secuestro de sus filmes, excesivamente fuertes incluso para el liberal pensamiento europeo.


Richard Kern

Posiblemente el cineasta underground más célebre de la actualidad, Richard Kern es, a pesar del lapsus que significó su período de adicción a la heroína, un autor más prolífico que Zedd y aún más provocador, habiendo conformado una nutrida obra en la que la voluntad de escandalizar y chocar al espectador está siempre presente. Kern, punk-rocker fracasado, comenzó su carrera como cineasta con Goodbye 42 Street (Adiós a la calle 42, 1983), una fantasía sobre las trastiendas de las casas de pornografía ubicadas en la calle 42, a lo que siguió con un par de cortos sobre heroinómanos inyectándose y vomitando a causa de la droga.

Conectado con Zedd y con su entorno, fue elegido por Lydia Lunch para dirigir The Right Side of my Brain
(El lado derecho de mi cerebro, 1984)
, en la que la performer exponía verbal y físicamente su particular vida sexual acompañada por personajes que incluían a Henry Rollins, cantante de Black Flag, y al propio Kern.

Luego de este filme, Kern realizó una de sus obras más conocidas y tal vez la más emblemática del Cine de la Transgresión, la ya mencionada The Manhattan Love Suicides. La película consistía de cuatro cortos referentes a violentas relaciones sentimentales, entre los cuales, además de su Thrust in Me, su colaboración con Kern, se contaban
I Hate You Now
(Te odio ahora), un violentísimo mini-drama sobre asesinato y auto-desfiguramiento protagonizado por el también cineasta transgresor Tommy Turner y Stray Dogs (Perros vagabundos), protagonizada por el artista plástico David Wojnarowicz que cuenta la historia de un homosexual enamorado de un pintor que sigue al objeto de su
deseo hasta su casa y, ante el rechazo del mismo, se hace pedazos literalmente ante la mirada sonriente del pintor que utiliza la escena para comenzar un dibujo.

La película se completaba con Woman at the Wheel
(Mujer al volante), también repleta de sexo y muerte, esta vez en clave automovilísitica. A partir de The Manhattan Love Suicides, Kern produjo una serie de películas orientadas a shockear al espectador de forma explícita: You Killed Me First (Ustedes me mataron primero, 1985) presentaba a la actriz-ícono del Cine de la Transgresión, una joven de aspecto extraño y personalidad próxima a la locura llamada Lung Leg, personificando a una
adolescente que tras haber sido quemados sus dibujos por su madre, asesina en forma cruel a toda su familia.

Submit to Me
(Sométete a mí, 1985) y Submit to Me Now (Sométete a mí ahora, 1987)
parecen confirmar la tésis sostenida por Mike Hostench en su libro Pantalla de sangre de que Kern no siempre busca la provocación deliberada y que muchas veces se limita a retratar a su entorno del Lower East Side, entorno por demás decadente para la óptica media.

Estos dos filmes no-narrativos muestran una serie de actos sexuales y performances sado-masoquistas, intercalados con escenas de sobredosis, suicidios y muerte en general. La desaparición del argumento o trama en estas películas lleva un paso más allá lo expuesto por Kern de la siguiente forma: "Yo tomo lo que me interesa de las películas y lo pongo en un formato más corto para no aburrirme. Lo que le interesa al público americano es el sexo, la
violencia y el lado sórdido de la vida
".

Fingered
(Dedeada,1986)
es tal vez su obra más conocida y es una nueva colaboración con Lydia Lunch, y que narra una tormentosa relación de una pareja de viajeros que culminan violando y asesinando en una auto-estopista.

El lenguaje de la película es de un grado de obscenidad tal que en una universidad un grupo de amigos realizaba "Fingered-parties" consistentes en ver el filme y tomar un trago de cerveza cada vez que se pronunciaba la palabra "fuck", terminando la exhibición absolutamente borrachos.

En The King of Sex
(El Rey del Sexo, 1987) hizo transvestirse nuevamente a Nick Zedd para narrar una fantasía sexual sin demasiado interés pero bastante
porno. Simultáneamente a estas películas, Kern filmó videos para grupos neoyorquinos como Cop Shoot Cop o los siempre atentos Sonic Youth, a los que hizo personificar al Clan Manson para ilustrar su canción 'Death Valley 69' y participó en alarmantes performances en las cuales simulaba asesinar a un miembro del público durante conciertos de Lydia Lunch.

Después de un período calamitoso en lo personal en el que Kern deambuló por San Francisco adicto a las drogas pesadas y en compañía de todo tipo de criminales, el director volvió a filmar, tras una difícil desintoxicación, optando por cortos menos violentamente explícitos y más estilizados como X= Y
(1990), que consistía esencialmente de una serie de mujeres hermosas jugando con armas de fuego o Nazi (1991)
, strip-tease de una bella bailarina vestida de S.S. que culmina saludando a la usanza nazi a la bandera norteamericana.

También comenzó a ser reconocido como fotógrafo, medio al cual dedica actualmente la mayor parte de su tiempo. Sin embargo sus últimas obras conocidas, My Nightmare
(Mi pesadilla, 1992) y Sewing Circle (Círculo de costura, 1992)
, demuestraban que a pesar de las desintoxicaciones y cambios de vida los demonios de Kern seguían latentes:
My Nightmare presenta a Kern masturbándose y fantasiando sobre una modelo y Sewing Circle es básicamente una filmación de la performer Kembra Pfahler haciéndose coser los labios de su vagina.


Otros transgresores

Dentro de un número considerable pero no excesivamente elevado de directores seguidores de la estética del Cine de la Transgresión, se destacan los nombres de Tommy Turner, Casandra Stark Mele y Tessa Hughes-Freeland. Tommy Turner, amigo de Nick Zedd y Richard Kern, ha producido una pequeña cantidad de obras en solitario o en colaboración, entre las que se destacan la nunca estrenada Where Evil Dwells (Dónde yace el mal, 1985), basada en un horripilante caso real sobre un adolescente que asesinó a un compañero de clase en el transcurso de un ritual satanista, y Rat Trap (Trampa de ratas, 1986), que describe en forma paralela la vida de un drogadicto y la disección de una rata.

Casandra Stark Mele es una especie de equivalente femenino
(y feminista) de Nick Zedd y ha producido un par de películas, entre las que se cuenta We are not to blame (No nos culpen, 1989)
, que cuenta una historia de locura y muerte protagonizada por dos hermanas que mereció reconocimiento incluso fuera de los circuitos transgresores y que fue re-editada en forma drástica por su autora después del estreno, haciendo desaparecer a todos los personajes masculinos.

Tessa Hughes-Freeman es una directora inglesa ligada tardíamente con el Cine de la Transgresión pero con ambiciones estéticas más elaboradas que no impiden la aparición de escenas impactantes en sus películas Dirty
(Sucia, 1992), historia de una borracha que pierde el control de sus funciones intestinales y termina conversando sobre el concepto de lo desagradable con un botones, y Nymphomania (1994)
, fábula mitológico-transgresora sobre una ninfa que es violada por un fauno descomunal.

También se podría hablar de artistas y colaboradores ocasionales como Lydia Lunch, David Wojnarowicz o el brutal performer Joe Coleman
(un artista educadísimo y culto que ha devorado ratas vivas durante sus performances)
o de varias bandas musicales que formaron parte del entorno creativo de este cine que, si bien ha ido desapareciendo al desvanecerse su impacto original, continúa desarrollándose de la mano de nuevos autores en los circuitos alternativos de Nueva York.

Gran parte de las obras del Cine de la Transgresión pueden parecer, apenas quince años después de su realización, como infantiles y obsoletas en sus recursos para escandalizar, pero prevalecen como registro de una mentalidad combativa y nihilista que reaccionó contra todo lo establecido y pueden rastrearse vestigios de su influencia en obras de cineastas actuales reconocidos como Danny Boyle y Lars Von Triers
(no en Contra viento y marea, evidentemente)
.

Los cineastas de la transgresión no tuvieron la oportunidad de ser domesticados y asimilados por el sistema porque la pobre distribución de su películas, difíciles de conseguir inclusive en Nueva York, y la radicalidad de las mismas hizo que Hollywood no demostrara el más mínimo interés en sus realizadores, de los cuales tan sólo Richard Kern parece haber logrado una cierta trascendencia artística.

El Cine de la Transgresión le devolvió significado a una palabra
(transgresión) que se había convertido en una etiqueta de marketing, llevándola tal vez demasiado lejos pero ampliando a la vez el alcance del concepto de libertad creativa y vital. Y pensar que en el Río de la Plata todavía relacionamos a la palabra "transgresor" con Marcelo Tinelli.

*Publicado originalmente en Insomnia Nº58